miércoles, 27 de febrero de 2008

LA VERDAD SOBRE EL CASO DEL SR. VALDEMAR



De
Edgar Allan Poe

¿Realidad o Ficción? Lo cierto es que éste es el relato más horrible, espeluznante e impactante que jamás haya leído. Y esa voz...

No pretenderé, naturalmente, opinar que no exista motivo alguno para asombrarse de que el caso extraordinario del señor Valdemar haya promovido una discusión. Sería un milagro que no hubiera sucedido así, especialmente en tales circunstancias. El deseo de todas las partes interesadas en mantener el asunto oculto al público, al menos hasta el presente o hasta que haya alguna oportunidad ulterior para otra investigación, y nuestros esfuerzos a ese efecto han dado lugar a un relato mutilado o exagerado que se ha abierto camino entre la gente, y que llegará a ser el origen de muchas falsedades desagradables, y, como es natural, de un gran descrédito.

Se ha hecho hoy necesario que exponga los hechos, hasta donde los comprendo yo mismo. Helos sucintamente aquí:

Durante estos tres últimos años ha sido repetidamente atraída mi atención por el tema del mesmerismo o hipnotismo animal, y hace nueve meses, aproximadamente, se me ocurrió de pronto que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una muy notable y muy inexplicable omisión: nadie había sido aún hipnotizado in articulo mortis. Quedaba por ver, primero, si en semejante estado existía en el paciente alguna sensibilidad a la influencia magnética; en segundo lugar, si, en caso afirmativo, estaba atenuada o aumentada por ese estado; en tercer lugar, cuál es la extensión y por qué período de tiempo pueden ser detenidas las intrusiones de la muerte con ese procedimiento. Había otros puntos que determinar; pero eran éstos los que mas excitaban mi curiosidad, el último en particular, dado el carácter enormemente importante de sus consecuencias.

Buscando a mi alrededor algún sujeto por medio del cual pudiese comprobar esas particularidades, acabé por pensar en mi amigo el señor Ernesto Valdemar, compilador muy conocido de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las traducciones polacas de Wallenstein y de Gargantúa. El señor Valdemar, que había residido principalmente en Harlem. N. Y., desde el año de 1839, es (o era) notable sobre todo por la excesiva delgadez de su persona – sus miembros inferiores se parecían mucho a los de John Randolp – y también por la blancura de sus cabellos, que, a causa de esa blancura, se confundían de ordinario con una peluca. De marcado temperamento nervioso, esto le hacía ser un buen sujeto para las experiencias magnéticas. En dos o tres ocasiones le había yo dormido sin dificultad; pero me sentí defraudado en cuanto a otros resultados que su peculiar constitución me había hecho, por supuesto, esperar. Su voluntad no quedaba en ningún momento positiva o enteramente bajo mi influencia, y respecto a la clairvoyance (clarividencia), no pude realizar con él nada digno de mención. Había yo atribuido siempre mi fracaso a esas cuestiones relacionadas con la alteración de su salud. Algunos meses antes de conocerle, sus médicos le habían diagnosticado una tisis comprobada. Era, en realidad, costumbre suya hablar con toda tranquilidad de su cercano fin como de una cuestión que no podía ni evitarse ni lamentarse.

Respecto a esas ideas a que he aludido antes, cuando se me ocurrieron por primera vez, pensé como era natural, en el señor Valdemar. Conocía yo la firme filosofía de aquel hombre para temer cualquier clase de escrúpulos por su parte, y no tenía él parientes en América que pudiesen, probablemente, intervenir. Le hablé con toda franqueza del asunto, y ante mi sorpresa, su interés pareció muy excitado. Digo ante mi sorpresa, pues aunque hubiese él cedido siempre su persona por libre albedrío para mis experimentos, no había demostrado nunca hasta entonces simpatía por mis trabajos. Su,enfermedad era de las que no admiten un cálculo exacto con respecto a la época de su término mortal. Quedó, por último, convenido entre nosotros que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del período anunciado por sus médicos como el de su muerte.

Hace más de siete meses que recibí la siguiente esquela del propio señor Valdemar:

«Mi querido P***:

»Puede usted venir ahora. D*** y F** están de acuerdo en que no llegaré a las doce de la noche de mañana, y creo que han acertado con el plazo exacto o poco menos.

VaIdemar. »

Recibí esta esquela una media hora después de haber sido escrita, y a los quince minutos todo lo más, me encontraba en la habitación del moribundo. No le había visto en diez días, y me quedé aterrado de la espantosa alteración que en tan breve lapso se había producido en él. Su cara tenía un color plomizo, sus ojos estaban completamente apagados, y su delgadez era tan extremada, que los pómulos habían perforado la piel. Su expectoración era excesiva. El pulso, apenas perceptible. Conservaba, sin embargo, de una manera muy notable sus facultades mentales y alguna fuerza física. Hablaba con claridad, tomaba algunas medicinas calmantes sin ayuda de nadie, y cuando entré en la habitación, se ocupaba en escribir a lápiz unas notas en un cuadernito de bolsillo. Estaba incorporado en la cama, gracias a unas almohadas. Los doctores D*** y F*** le prestaban asistencia.

Después de haber estrechado la mano del señor Valdemar, llevé a aquellos caballeros aparte y obtuve un minucioso informe del estado del paciente. El pulmón izquierdo se hallaba desde hacía ocho meses en un estado semióseo o cartilaginoso y era, por consiguiente, de todo punto inútil para cualquier función vital. El derecho, en su parte superior, estaba también parcial, si no totalmente osificado, mientras la región inferior era sólo una masa de tubérculos purulentos, conglomerados. Existían varias perforaciones extensivas, y en cierto punto había una adherencia permanente de las costillas. Estas manifestaciones en el lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente. La osificación había avanzado con una inusitada rapidez; no se había descubierto ningún signo un mes antes, y la adherencia no había sido observada hasta tres días antes. Con independencia de la tisis, se sospechaba un aneurisma de la aorta, en el paciente; pero sobre este punto, los síntomas de osificación hacían imposible un diagnóstico exacto. En opinión de los dos médicos, el señor Valdemar moriría alrededor de medianoche del día siguiente (domingo). Eran entonces las siete de la noche del sábado.

Al separarse de la cabecera del doliente para hablar conmigo, los doctores D*** y F*** le dieron un supremo adiós. No tenían intención de volver; pero, a requerimiento mío, consintieron en venir a visitar de nuevo al paciente hacia las diez de la noche inmediata.

Cando se marcharon hablé libremente con el señor Valdemar sobre su cercana muerte, así como en especial del experimento proyectado. Se mostró decidido a ello con la mejor voluntad, ansioso de efectuarlo, y me apremió para que comenzase en seguida. Estaban allí para asistirle un criado y una sirvienta; pero no me sentí bastante autorizado para comprometerme en una tarea de aquel carácter sin otros testimonios de mayor confianza que el que pudiesen aportar aquellas personas en caso de accidente repentino. Iba a aplazar, pues, la operación hasta las ocho de la noche siguiente, cuando la llegada de un estudiante de Medicina, con quien tenia yo cierta amistad (el señor Teodoro L***l), me sacó por completo de apuros. Mi primera intención fue esperar a los médicos; pero me indujeron a obrar en seguida, en primer lugar, los apremiantes ruegos del señor Valdemar, y en segundo lugar, mi convicción de que no podía perder un momento, pues aquel hombre se iba por la posta.

El señor L***l fue tan amable, que accedió a mi deseo de que tomase notas de todo cuanto ocurriese, y gracias a su memorándum, puedo ahora relatarlo en su mayor parte, condensando o copiando al pie de la letra.

Faltarían unos cinco minutos para las ocho, cuando, cogiendo la mano del paciente, le rogué que manifestase al señor L***l, lo más claramente que le permitiera su estado, que él (el señor Valdemar) tenía un firme deseo de que realizara yo el experimento de hipnotización sobre su persona en aquel estado.

Replicó él, débilmente, pero de un modo muy audible:

– Sí, deseo ser hipnotizado – añadiendo al punto – : Temo que lo haya usted diferido demasiado.

Mientras hablaba asi, comencé a dar los pases que sabía ya eran los más eficaces para dominarle. Estaba él, sin duda, influido por el primer pase lateral de mi mano de parte a parte de su cabeza; pero, aunque ejercité todo mi poder, no se manifestó ningún efecto hasta unos minutos después de las diez, en que los doctores D*** y F*** llegaron, de acuerdo con la cita. Les expliqué en pocas palabras lo que me proponía hacer, y como ellos no opusieron ninguna objeción, diciendo que el paciente estaba ya en la agonía, proseguí, sin vacilación, cambiando, no obstante, los pases laterales por otros hacia abajo, dirigiendo exclusivamente mi mirada a los ojos del paciente.

Durante ese rato era imperceptible su pulso, y su respiración estertorosa y con intervalos de medio minuto.

Aquel estado continuó inalterable casi durante un cuarto de hora. Al terminar este tiempo, empero, se escapó del pecho del moribundo un suspiro natural, aunque muy hondo, y cesó la respiración estertorosa, es decir, no fue ya sensible aquel estertor; no disminuían los intervalos. Las extremidades del paciente estaban frías como el hielo.

A las once menos cinco percibí signos inequívocos de la influencia magnética. El movimiento giratorio de los ojos vidriosos se convirtió en esa expresión de desasosegado examen interno que no se ve nunca más que en los casos de somnambulismo, y que no se puede confundir. Con unos pocos pases laterales rápidos hice estremecerse los párpados, como en un sueño incipiente, y con otros cuantos más se los hice cerrar. No estaba yo satisfecho con esto, a pesar de todo, por lo que proseguí mis manipulaciones de manera enérgica y con el más pleno esfuerzo de voluntad, hasta que hube dejado bien rígidos los miembros del durmiente, después de colocarlos en una postura cómoda, al parecer. Las piernas estaban estiradas por entero; los brazos, casi lo mismo, descansando sobre el lecho a una distancia media de los riñones. La cabeza estaba ligeramente levantada.

Cuando hube realizado esto eran las doce dadas, y rogué a los caballeros allí presentes que examinasen el estado del señor Valdemar. Después de varias pruebas, reconocieron que se hallaba en un inusitado y perfecto estado de trance magnético. La curiosidad de ambos médicos estaba muy excitada. El doctor D*** decidió en seguida permanecer con el paciente toda la noche, mientras el doctor F*** se despidió, prometiendo volver al despuntar el día. El senor L***l y los criados se quedaron allí.

Dejamos al señor Valdemar completamente tranquilo hasta cerca de las tres de la madrugada; entonces me acerqué a él, y le encontré en el mismo estado que cuando el doctor F*** se marchó, es decir, tendido en la misma posición. Su pulso era imperceptible; la respiración, suave (apenas sensible, excepto al aplicarle un espejo sobre la boca); los ojos estaban cerrados con naturalidad, y los miembros, tan rígidos y f.ríos como el mármol. A pesar de todo el aspecto general no era en modo alguno el de la muerte.

Al acercarme al señor Valdemar hice una especie de semiesfuerzo para que su brazo derecho siguiese al mío durante los movimientos que éste ejecutaba sobre uno y otro lado de su persona. En experimentos semejantes con el paciente no había tenido nunca un éxito absoluto, y de seguro no pensaba tenerlo ahora tampoco; pero, para sorpresa mía, su brazo siguió con la mayor facilidad, aunque débilmente, todas las direcciones que le indicaba yo con el mío. Decidí arriesgar unas cuantas palabras de conversación.

– Señor Valdemar – dije –, ¿duerme usted?

No respondió, pero percibí un temblor en sus labios, y eso me indujo a repetir la pregunta una y otra vez. A la tercera, todo su ser se agitó con un ligero estremecimiento; los párpados se levantaron por sí mismos hasta descubrir una linea blanca del globo; los labios se movieron perezosamente, y por ellos, en un murmullo apenas audible, salieron estas palabras:

– Sí, duermo ahora. ¡No me despierte!... ¡Déjeme morir así!

Palpé sus miembros, y los encontré más rígidos que nunca. El brazo derecho, como antes, obedecía la dirección de mi mano... Pregunté al somnámbulo de nuevo:

– ¿Sigue usted sintiendo dolor en el pecho, señor Valdemar?

La respuesta fue ahora inmediata, pero menos audible que antes:

– No siento dolor... ¡Estoy muriendo!

No creí conveniente molestarle más, por el momento, y no se dijo ni se hizo ya nada hasta la llegada del doctor F***, que precedió un poco a la salida del sol; manifestó su asombro sin límites al encontrar al paciente todavía vivo. Después de tomarle el pulso y de aplicar un espejo a sus labios, me rogó que hablase de nuevo al somnámbulo. Asi lo hice, diciendo.

– Señor Valdemar, ¿sigue usted dormido?

Como antes, pasaron algunos minutos hasta que llegó la respuesta, y durante ese intervalo el yacente pareció reunir sus energías para hablar. Al repetirle por cuarta vez la pregunta, dijo él muy débilmente, de un modo casi ininteligible:

– Sí, duermo aún... Muero.

Fue entonces opinión o más bien deseo de los médicos que se dejase al señor Valdemar permanecer sin molestarle en su actual y, al parecer, tranquilo estado, hasta que sobreviniese la muerte, lo cual debía de tener lugar, a juicio unánime de ambos, dentro de escasos minutos. Decidí, con todo, hablarle una vez más, repitiéndole simplemente mi pregunta anterior.

Cuando lo estaba haciendo se produjo un marcado cambio en la cara del somnámbulo. Los ojos giraron en sus órbitas despacio, las pupilas desaparecieron hacia arriba, la piel tomó un tinte general cadavérico, pareciendo no tanto un pergamino como un papel blanco, y las manchas héticas circulares, que antes estaban muy marcadas en el centro de cada mejilla, se disiparon de súbito. Empleo esta expresión porque lo repentino de su desaparición me hizo pensar en una vela apagada de un soplo. El labio superior al mismo tiempo se retorció, alzándose sobre los dientes, que hacía un instante cubría por entero, mientras la mandíbula inferior cayó con una sacudida perceptible, dejando la boca abierta por completo y al descubierto, a simple vista, la lengua hinchada y negruzca. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho mortuorio; pero el aspecto del señor Valdemar era en aquel momento tan espantoso y tan fuera de lo imaginable, que hubo un retroceso general alrededor del lecho.

Noto ahora que he llegado a un punto de este relato en que todo lector, sobrecogido, me negará crédito. Es mi tarea, no obstante, proseguir haciéndolo.

No había ya en el señor Valdemar el menor signo de vitalidad, y llegando a la conclusión de que había muerto, le dejábamos a cargo de los criados cuando observamos un fuerte movimiento vibratorio en la lengua. Duró esto quizá un minuto. Al transcurrir, de las separadas e inmóviles mandíbulas salió una voz tal, que sería locura intentar describirla. Hay, en puridad, dos o tres epítetos que podrían serle aplicados en cierto modo; puedo decir, por ejemplo, que aquel sonido era áspero, desgarrado y hueco; pero el espantoso conjunto era indescriptible, por la sencilla razón de que sonidos análogos no han hecho vibrar nunca el oido de la Humanidad. Había, sin embargo, dos particularidades que – así lo pensé entonces, y lo sigo pensando – pueden ser tomadas justamente como características de la entonación, como apropiadas para dar una idea de su espantosa peculiaridad. En primer lugar, la voz parecía llegar a nuestros oídos – por lo menos, a los míos – desde una gran distancia o desde alguna profunda caverna subterránea. En segundo lugar, me impresionó (temo realmente que me sea imposible hacerme comprender) como las materias gelatinosas o viscosas impresionan el sentido del tacto.

He hablado a la vez de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido era de un silabeo claro, o aún más, asombrosa, espeluznantemente claro. El señor Valdemar hablaba, sin duda, respondiendo a la pregunta que le había yo hecho minutos antes. Le había preguntado, como se recordará, si seguía dormido. Y él dijo ahora:

– Sí, no; he dormido..., y ahora..., ahora... estoy muerto.

Ninguno de los presentes fingió nunca negar o intentó reprimir el indescriptible y estremecido horror que esas pocas palabras, así proferidas, tan bien calculadas, le produjeron. El señor L***l (el estudiante) se desmayó. Los criados huyeron inmediatamente de la habitación, y no pudimos inducirles a volver a ella. No pretendo hacer inteligibles para el lectar mis propias impresiones. Durante una hora casi nos afanamos juntos, en silencio – sin pronunciar una palabra – nos esforzamos en hacer revivir al señor L***l. Cuando volvió en sí proseguimos juntos de nuevo el examen del estado del señor Valdemar.

Seguía bajo todos los aspectos tal como he descrito últimamente, a excepción de que el espejo no recogía ya señales de respiración. Una tentativa de sangría en el brazo falló. Debo mencionar también que ese miembro no estaba ya sujeto a mi voluntad. Me esforcé en balde por que siguiera la dirección de mi mano. La única señal real de influencia magnética se manifestaba ahora en el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que dirigía yo una pregunta al señor Valdemar. Parecía él hacer un esfuerzo para contestar, pero no tenía ya la suficiente voluntad. A las preguntas que le hacía cualquier otra persona que no fuese yo, parecía absolutamente insensible, aunque procuré poner a cada miembro de aquella reunión en relación magnética con él. Creo que he relatado cuanto es necesario para hacer comprender el estado del somnámbulo en aquel período. Buscamos otros enfermeros, y a las diez salí de la casa en compañía de los dos médicos y del señor L***l.

Por la tarde volvimos todos a ver al paciente. Su estado seguía siendo exactamente el mismo. Tuvimos entonces una discusión sobre la conveniencia y la posibilidad de despertarle, pero nos costó poco trabajo ponernos de acuerdo en que no serviría de nada hacerlo. Era evidente que, hasta entonces, la muerte (o lo que suele designarse con el nombre de muerte) había sido detenida por la operación magnética. Nos pareció claro a todos que el despertar al señor Valdemar sería, sencillamente, asegurar su instantáneo o, por lo menos, su rápido fin.

Desde ese período hasta la terminación de la semana última – en un intervala de casi siete meses – seguimos reuniéndonos todos los días en casa del señor Valdemar, de cuando en cuanda acompañados de médicos y otros amigos. Durante ese tiempo, el somnánbulo seguía estando exactamente tal como he descrito ya. La vigilancia de los enfermeros era continua.

Fue el viernes último cuando decidimos, por fin, efectuar el experimento de despertarle, o de intentar despertarle, y es acaso el deplorable resultado de este último experimento el que ha dado origen a tantas discusiones en los círculos privados, en muchas de las cuales no puedo por menos de ver una credulidad popular injustificable. A fin de sacar al señor Valdemar del estado de trance magnético, empleé los acostumbrados pases. Durante un rato resultaron infructuosos. La primera señal de su vuelta a la vida se manifestó por un descenso parcial del iris. Observamos como algo especialmente notable que ese descenso de la pupila iba acompañado de un derrame abundante de un licor amarillento (por debajo de los párpados) con un olor acre muy desagradable.

Me sugirieron entonces que intentase influir sobre el brazo del paciente, como en los pasados días. Lo intenté y fracasé. El doctor F*** expresó su deseo de que le dirigiese una pregunta. Lo hice del modo siguiente:

– Señor Valdemar, puede usted explicarnos cuáles son ahora sus sensaciones o deseos?

Hubo una reaparición instantánea de los círculos héticos sobre las mejillas; la lengua se estremeció, o más bien se enrolló violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron tan rígidos como antes), y, por último, la misma horrenda voz que ya he descrito antes prorrumpió:

– ¡Por amor de Dios!... De prisa.-., de prisa..., hágame dormir o despiérteme de prisa..., ¡de prisa!... ¡Le digo que estoy muerto!

Estaba yo acorbadado a más no poder, y durante un momento permanecí indeciso sobre lo que debía hacer. Intenté primero un esfuerzo para calmar al paciente, pero al fracasar, en vista de aquella total sus pensión de la voluntad, cambié de sistema, y luché denodadamente por despertarle. Pronto vi que esta tentativa iba a tener un éxito completo, o, al menos, me imaginé que sería completo mi éxito, y estoy seguro de que todos los que permanecían en la habitación se preparaban a ver despetar al paciente.

Sin embargo, es de todo punto imposible que ningún ser humano estuviera preparado para lo que ocurrió en la realidad.

Cuando efectuaba yo los pases magnéticos, entre gritos de «¡Muerto, muerto!», que hacían por completo explosión sobre la lengua, y no sobre los labios del paciente, su cuerpo entero, de pronto, en el espacio de un solo minuto, o incluso en menos tiempo, se contrajo, se desmenuzó, se pudrió terminantemente bajo mis manos. Sobre el 1echo, ante todos los presentes, yacía una masa casi líquida de repugnante, de aborrecible putrefacción.

miércoles, 20 de febrero de 2008

THE BLACK CROWES: THE SOUTHERN HARMONY AND MUSICAL COMPANION




Dedicado a Fran Tarrío

Vamos a animar un poco el cotarro, que esto me está quedando un poco muermo. Y para ello nada mejor que Rock & Roll del auténtico, del de toda la vida. Una de las noticias musicales del año es la publicación, despues de casi 8 años sin sacar material nuevo, de un nuevo trabajo de los Black Crowes,"Warpaint", que se publica el próximo marzo. Para celebrarlo y calentar los motores nada mejor que recordar su álbum más clásico,"The Southern Harmony and Musical Companion", que data ya del año 1992. Herederos de los Stones y de Faces, con guiños a Lynyrd Skynyrd y Jeff Beck, nos encontramos con una enciclopedia básica de rock añejo combinado con una botella de Jack Daniels. Una demostración del poderío que tiene una perfecta mezcla de soul negro, hard rock setentero, blues lapidario y ragtime sureño. La mejor tarjeta de presentación es la excelsa ‘Remedy’, auténtico himno con un riff afilado que ya ha pasado a la posteridad, pero realmente todo el disco tiene un nivel verdaderamente incontestable: ‘Sting Me’ (esas voces negras que hacen los coros...), ‘Thorn In My Pride’, ‘My Morning Song’, ‘’Hotel Illness’, ‘Sometimes Salvation’, o la balada llena de soul 'Bad Luck Blue Eyes Goodbye'.... Insuperable. Imprescindible. Impresionante. ¡Es que no veis que necesito un remedio!

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martes, 19 de febrero de 2008

A PETICIÓN POPULAR...

La verdad es que cuando se publicó este micro relato el pasado otoño en El País, me llamó poderosamente la atención por su simpleza y absoluta fidelidad a la realidad, pero al mismo tiempo por su originalidad. Formaba parte de un concurso que organizaba el País de la Tentaciones, EP3, o como quiera que se llame ahora el suplemento de los viernes. Lamentablemente desconozco quién es su autor, porque entre otras injustas razones no resultó ganador. Ello no impidió que decidiera reenviarlo vía mail a mis conocidos, y la reacción que desencadenó fue prácticamente unánime, creando un pequeño culto en torno al mismo (bueno, hubo quien no lo entendió, pero en fin...) Por ello, a petición popular...A y B

A y B

A es un hombre. B es una mujer. Antes de lo que ustedes piensan, A y B estarán retozando en la cama. A baila. Baila en la pista de baile, que para eso está. B habla. Habla mucho y habla bien. A detiene su baile y marcha a la barra, donde el barman le brinda una birra que empieza a beber. Llega B, que abandona a sus amistades y aborda al camarero para arrebatarle algo de agua. A observa a B y llega a la conclusión de que A + B = algo muy interesante. Decide llevar a cabo tal operación. B es súbitamente interpelada por A, que se lanza en un lento pero jovial discurrir. —B? —pregunta A. —B. A? —contesta B. —A. A. A. —narra A. —A? A? B. B. —inquiere y responde B. —A. A. A. A. —continúa A. —B. A? A? A? —sigue preguntando B, que sabe a todo A le gusta vender A. A sigue hablando sobre A un buen rato, mientras B ríe y contesta sobre B a las preguntas que sobre B hace A. Mientras esto sucede, las distancias van acortándose y A y B sienten impulsos de ser AB. —A, B. B, A. A y B. AB. —va proponiendo entre juegos y sutilezas A. B se lo pone difícil, pero le ríe sus As y sus Bes. A besa a B y B se deja besar. La pasión que emana de los roces entre A y B crece tanto como disminuyen sus deseos de hablar sobre A y B para simplemente regodearse en ser A y B. Tras un lapso de tiempo no inferior a bastante, en que A y B sienten convertirse en los únicos A y B de los alrededores, deciden correr como unos descosidos a la casa de A o de B. Obviamente, por el camino, A vuelve a hablar de A, pero cuidando cuándo preguntar sobre B para que B no piense que A solo piensa en A. B, que es más lista de que lo que A piensa, es perfectamente consciente de estos pensamientos de A, y por la experiencia que tiene con anteriores A, sabe cuánto fiarse de lo que A dice y no dice. B no es una típica B. Es una B muy B. Pese a que A queda obnubilado por B y a B le encanta A, por motivos A o B nunca volverán a retozar juntos en la cama


Publicado en El País el 15.10.07

PRINCIPIOS MARXISTAS



(TENDENCIA GROUCHO)

Bueno, ya estamos en plena campaña electoral (¿o todavía en precampaña? Qué más dará...), y en estos momentos uno no puede dejar de escorarse un poco a la izquierda (hasta me he cambiado el monitor de lado...) Para entrar de lleno en este clima electoral que a partir de ahora va a invadir nuestro día a día y poder compensar lo que nos va a tocar soportar, os dejo unas citas de uno de los más grandes de todos los tiempos

Citadme diciendo que me han citado mal

Éstos son mis principios. Si no le gustan tengo otros.

Yo encuentro la televisión bastante educativa. Cuando alguien la enciende en casa, me marcho a otra habitación y leo un buen libro

Parad el mundo que me bajo

Una mañana me desperté y maté a un elefante en pijama. Me pregunto cómo pudo ponerse mi pijama

He pasado una noche estupenda... pero no ha sido ésta

Conozco a centenares de maridos que volverían felices al hogar si no hubiera una esposa que les esperara. Quiten a las esposas del matrimonio y no habrá ningún divorcio.

No estoy seguro de cómo me convertí en comediante o actor cómico. Tal vez no lo sea. En cualquier caso me he ganado la vida muy bien durante una serie de años haciéndome pasar por uno de ellos.

No es la política la que crea extraños compañeros de cama, sino el matrimonio

Lo malo del amor es que muchos lo confunden con la gastritis y, cuando se han curado de la indisposición, se encuentran con que se han casado

¿Servicio de habitaciones? Mándenme una habitación mas grande

Soy tan viejo que recuerdo a Doris Day antes de que fuera virgen

En esta industria, todos sabemos que detrás de un buen guionista hay siempre una gran mujer, y que, detrás de ésta, está su esposa.

Nunca voy a ver películas donde el pecho del héroe es mayor que el de la heroína

He disfrutado mucho con esta obra de teatro... especialmente en el descanso

Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo

Inteligencia militar son dos términos contradictorios

El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio... si puedes simular eso, lo has conseguido

¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?

Cuando muera quiero que me incineren y que el diez por ciento de mis cenizas sean vertidas sobre mi representante

¡Hay tantas cosas en la vida más importantes que el dinero!... ¡Pero cuestan tanto!

Desde el momento en que cogí su libro me caí al suelo rodando de risa. Algún día espero leerlo

Sólo hay una forma de saber si un hombre es honesto: preguntárselo. Y si responde sí, entonces sabes que está corrupto

¿A quién va usted a creer, a mí o a sus propios ojos?

¿Por qué debería preocuparme por la posteridad? ¿Qué ha hecho la posteridad por mí?

La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música

La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados

Es mejor estar callado y parecer tonto, que hablar y despejar las dudas definitivamente

Fuera del perro, un libro es probablemente el mejor amigo del hombre. Y dentro del perro probablemente está demasiado oscuro para leer

No puedo decir que no estoy en desacuerdo contigo

Partiendo de la nada hemos alcanzado las más altas cotas de miseria

lunes, 18 de febrero de 2008

MAÑANA TENGO UN DÍA HORRIBLE




Por Dorothy Parker

Lo reconozco. La primera vez que oí hablar de Dorothy Parker fue con motivo de una cancioncilla de Prince incluida en Sign O´ the times (con frases tales como "but she didn't see the movie cuz she hadn't read the book first"). Luego vino "La Sra Parker y el circulo vicioso", la película de Alan Rudolph que recreaba el ambiente de las tertulias neoyorkinas de los felices años 20, frecuentadas entre otros por personajes tan variopintos como Scott Fizgerald o Harpo Marx. Pero lo que definitivamente me atrajo al personaje fue la edición de "Narrativa Completa", una completa recopilación de sus relatos cortos, género que encumbró a esta autora y del aquí os dejo una pequeña muestra. Dorothy Parker escribió una vez que lo suyo era tomarse un Martini, dos como mucho. Después del tercero, ya estaba debajo de la mesa, y al cuarto... debajo de su anfitrión


La mujer del abrigo con manchas de leopardo y el hombre con la bufanda de color azul genciana se deslizaron por el pasillo oscuro, rodeado de mesas, del bar clandestino.

—Siéntate en cualquier sitio que veas libre —dijo él—. Es sólo un minuto. Aquí hay una mesa, esta sirve, ¿no?

—Oh, sí —dijo ella—. Sirve perfectamente.

Se sentaron. Un hombre bajo y fornido con la camisa arremangada apareció junto a la mesa y esbozó una sonrisa amplia y amistosa.

—Hola, Gus —saludó el hombre de la bufanda azul genciana—- Vamos a estar sólo un minuto. ¿Puedes traernos un par de especiales? ¿Te apetece, querida? De acuerdo, Gus, un par de especiales y deprisa, ¿quieres? Tengo que volver temprano a casa, mañana tengo un día horrible.

Gus desapareció.

—¿Quieres quitarte el abrigo? —preguntó el hombre de la bufanda azul genciana.

—Oh, no creo —contestó la mujer de abrigo con manchas de leopardo—. No merece la pena.

—No, la verdad —dijo él—. Tengo que irme a la cama temprano. Tengo que estar en la oficina al amanecer. En serio. ¡Qué día me espera! ¡Menudo día!

—Ah, pobrecito.

—Un individuo de Detroit estará allí a las nueve —dijo él—. Y tengo una reunión a las diez y media, y tenemos que arreglar unos contratos a las doce y después ir a comer con J. G. y darle un informe, y Dios sabe cuántas citas tengo por la tarde. Oh, no tengo gran cosa que hacer mañana. ¡Casi nada!

—¡Ah!

—Tengo que estar en el centro al amanecer —dijo él—. No puedo aparecer por la oficina hacia las once, como otras veces… Gracias, Gus, ponlos aquí. Bueno, adelante. ¿Está bueno el tuyo?

—Oh, buenísimo —dijo ella—. Pero ¡qué fuerte!

—Son bastante fuertes —afirmó él—. Te sentará bien. Si te tomas uno o dos y te vas a la cama temprano, eso no hace daño a nadie. Lo que te hace polvo es quedarte hasta el amanecer. No voy a hacerlo nunca más. Esta noche empiezo, voy a tomar un par de copas y me iré a la cama antes de las doce. Entonces estaré más preparado para ir a trabajar al amanecer.

—Me parece que lo que dices es tremendamente sensato —dijo ella.

—Es lo único que se puede hacer —dijo él—. Estoy harto de todo esto. He estado bebiendo demasiado y todo el mundo ha estado diciendo que tengo muy mal aspecto. ¿No tengo una pinta horrible?

—Vaya, pues a mí no me lo parece —dijo ella—. Algunas veces pareces un poco cansado, como todo el mundo. Pero yo diría que tienes buen aspecto. Estás estupendo.

—¡Eso lo dirás tú! —dijo él—. Estoy horrible. Lo sé. Termínate el tuyo y tomaremos otro. ¡Eh, Gus! Un par de especiales, ¿quieres? Debería haberle dicho que se diera prisa. Tenemos que salir de aquí enseguida. ¡Menudo día tengo mañana!

—Sí, ya lo sé. Pobrecito.

—¿No te desabrochas el abrigo? —dijo él—. Tendrás frío cuando salgas.

—De acuerdo —dijo ella—. ¿Y no sería mejor que te quitaras la bufanda?

—Bueno, de acuerdo —accedió él—. Aquí hace calor. En estos sitios el aire está viciado. Es malo. No voy a ir a más bares clandestinos. Es lo peor que uno puede hacer. Gracias, Gus. Eso es buen servicio. Bueno, adelante.

—¡Oh, qué fuerte! —exclamó ella—. Dios sabe el efecto que nos hará.

—No es malo si tomas un par y te vas a casa. Está bien pasar la noche en vela bebiendo si puedes dormir durante todo el día siguiente, pero es muy distinto si tienes que estar en el centro al amanecer. No voy a emborracharme y pasar la noche despierto nunca más. Quizá con la excepción de los sábados por la noche.

—Me parece una idea buenísima —dijo ella.

—¿Sabes qué puedo hacer? —preguntó él—. Podría dejar de beber por completo. No me haría ningún daño dejarlo una temporada. Ni a ti tampoco.

—No bebo tanto —dijo ella.

—Bueno, bebes bastante —dijo él—. Todoel mundo bebe demasiado. Como para envenenarse. No sé cómo podemos estar vivos con todo lo que bebemos. Voy a dejar de beber. Vamos, termínate la copa. ¿Quieres otra?

—No, gracias.

—¿Estás segura? —preguntó él.

—No, de verdad.

—Te diré lo que me parece que podemos hacer —sugirió él—: mientras me decido a dejar de beber, y a ti te iría muy dejarlo, francamente, podríamos tomar otra copa, ¿qué te parece?

—Vaya… Si quieres… —dijo ella—. La verdad es que estas no me han hecho efecto.

—A mí tampoco —dijo él—. Nos están tomando el pelo. ¡Eh, Gus! Otros dos especiales y esta vez ponles algo dentro, ¿quieres? No te olvides de que tenemos prisa. Dios mío, ¡tengo que llegar a tiempo a la oficina mañana! Será el peor día de mi vida.

—Ah, ya lo sé.

—Eso, quítate el abrigo —dijo él—. Aquí hace un calor infernal. Espera un minuto que me quite el mío y te ayudo. Así. ¿Estás bien, cielo?

—Oh, estupendamente —dijo ella—. Tiene gracia que me hayan hecho tan poco efecto estas copas.

—Eso se debe a que bebemos demasiado —insistió él—. Eso es lo bueno de dejar de beber. Después, cuando tomas un par de copas te sientan tan bien que no necesitas más. Pero si has estado bebiendo, ya me entiendes, tienes que beber mucho para notarlo, ¿sabes? Ah, gracias, Gus. Muy bien. Bueno, adelante.

—Esta está muy bien —dijo ella.

—Claro que sí —dijo él—. Está cargada, para variar. En estos sitios, si no estás pendiente, te toman el pelo. No pienso volver. Me alegro mucho de dejar de beber. Es la mejor idea que he tenido en mucho tiempo. Eh, no la tengas en la mano así, cariño. Bébetela deprisa. Mira, así.

—¿Así?

—Así está mejor. Así a lo mejor te enteras. No irás nunca a ningún lado bebiendo a sorbitos. Vamos, otro trago. Buena chica. ¡Eh, Gus! Un par de copas más, ya que estás en ello.

—¿Estás loco? Si todavía no hemos terminado estas.

—Cuando traiga las otras ya las habremos terminado —dijo él—. Así no tendremos que quedarnos esperando. ¿Ves? Tenemos que ir dándonos prisa. La verdad es que tengo que estar en la oficina en cuanto amanezca, mañana. ¡Qué día!

—Sí, ya lo sé.

—¡Y yo! —dijo él—. Date prisa cariño. Tómatelo. ¿Has terminado? Vamos, termina, no te pares. Así. Aquí está Gus; muy bien, Gus. Gus es amigo mío, ¿verdad, Gus? Claro que sí. Gus y yo somos viejos amigos. Bien, adelante, querida. La última, para dormir bien.

—Siempre duermo bien… —protestó ella.

—No sirve de nada hablar, tengo que dormir más —dijo él—. Tengo un aspecto horrible. Mi madre se preocupa mucho por mí. Cada vez que me escribe una carta me dice “cuídate”. Sí, me cuido. Tiene derecho a preocuparse. Soy un buen chico. ¿Sabes una cosa? No he escrito a mi madre en tres semanas. Ya está bien, ¿verdad?

—Deberías escribirle —dijo ella.

—¿Y de donde demonios saco yo tiempo para escribir? —preguntó él—. No tengo tiempo para escribir cartas. Mierda, debería escribir a mi madre. Le escribiré mañana. Oh, maldita sea, mañana no podré escribir. Tengo un día horrible, ¡horrible!

—Ah, ¿sí?

—Mañana tengo tanto que hacer que ni siquiera tendré tiempo de escribir a mi pobre madre —dijo él—. Estaré muy ocupado. No es de extrañar que mi pobre, mi dulce madre se preocupe por mí. Se preocupa muchísimo por mí. Tú no me quieres.

—¡Claro que sí!

—Sí, ¡claro que sí! —dijo él

—¡Por supuesto que sí! —dijo ella—. ¿Por qué dices esas cosas?

—Lo sé —dijo él—. Lo sé.

—Sabes muchas cosas, ¿verdad? —dijo ella—. Debe ser estupendo saber tanto como tú. Me pones mala.

—Ya lo sé —dijo él. Ya sé que te pongo mala.

—¡No es verdad!

—Oh, ya lo sé —dijo él.

—Lo que sabes, y lo sabes muy bien, es que te quiero —dijo ella—. Pero tú no me quieres a mí, y ese es el problema.

—¡Sí, no te quiero! —dijo él.

—Imagino que crees que no me doy vuenta —dijo ella—. Pues sí. Sé muy bien que no me quieres. Ni siquiera piensas en mí. Solo piensas en ti. No piensas en nada más que en tu vieja oficina. “Tengo que ir a la oficina, tengo que ir a la oficina, tengo que ir a mi oficina preciosa, querida y maravillosa”. No dices otra cosa.

—Bueno, es verdad —dijo él—. Ya te he dicho que tengo que ir a la oficina mañana por la mañana. Tengo un día horrible.

—¡Oh, cállate! —exclamó ella.

—Muchas gracias. Muchísimas gracias. Muy amable por tu parte. Te lo agradezco mucho. ¡Gus! ¿Dónde demonios te has metido? ¿Qué pasa, que aquí no puedo tomar una copa? ¿Soy negro o algo parecido? Trae un par de especiales y date prisa, ¿quieres? ¡Por el amor de Dios!

—Pensaba que no ibas a beber más —dijo ella.

—¿Y a ti qué más te da? —preguntó él—. ¿A ti qué te importa que yo beba o no? Por ti, puedo emborracharme hasta caerme. No te importo nada.

—No digas eso —protestó ella—. Sabes que te quiero, ¿verdad? ¿Verdad? ¿Verdad que sabes que te quiero?

—¿De verdad me quieres un poquito?

—Pero ¡cariño…!

—Quizá sí me quieres —dijo él—. Quizá sí me quieres un poquito. Si me quisieras un poco, te terminarías esta copa para que pudiéramos tomar la última. ¡Así! ¿No te da vergüenza hablarme de esta manera? ¿Verdad que has sido mala? ¿Sabes que me has atacado como si fueras un bulldog? ¿Lo sabes? “Un bulldog, bulldog, guau, guau, guau, Eli Yale; es un bulldog, un bulldog, guau, guau, guau, nuestro equipo nunca perderá; cuando los hijos de Eli…”. ¿Ah, aquí está Gus! Vaya, vaya, vaya, mi viejo amigo Gus. Mira lo que trae, mira lo que nos trae, querida. Bien, adelante. Es estupenda la última copa. Copa, copa, “guau, guau, Eli…”.

—Me gusta oírte cantar —dijo ella—. Suena… Oh, qué buena está esta. Es la mejor de todas.

—¡Tómatela! —dijo él—. Mujer, deberías perder esta costumbre de beber a sorbitos. Por eso vas tan despacio. Si aprendieras a beber deprisa, podrías llegar a casa antes del amanecer. Amanecer amanecer, “guau, guau, guau, Eli Yale”; es un amaneceramanecer, “guau, guau, nuestro equipo nunca…”. No, en serio, cariño, quiero hablar en serio de esto. Sabes que deberías, en serio… ¿qué demonios iba a decir? ¿Te lo imaginas? Tenía algo muy importante que decir y no recuerdo qué era. ¿Qué había empezado a decir?

—¿Cuándo?

—Nada, se fue —dijo él—. Bueno, supongo que no sería muy importante. Dejémoslo correr. ¿Qué tal te va con esta? ¿Sabes lo que vamos a hacer cuando la termines? Vamos a tomar la última. Date prisa, cariño. La verdad, no tenemos toda la noche. Tenemos que dormir un poco. Mañana tengo un día horrible. Horrible, horrible, “guau, guau, Eli Yale”; es un día horrible, horrible, guau… ¡Oh, Gus! ¡Eh, Gus, escucha! Eres amigo mío, ¿verdad? ¿Qué tal si nos preparas un par más de especiales? ¿Quieres, Gus? Para mí y para mi novia… La conoces, ¿verdad? Seguro que sí. Muy bien, Gus, dos especiales más.

Y etcétera, etcétera.


Publicado en The New Yorker, 11 de febrero de 1928

HACE 25 AÑOS....

Ya os habréis enterado, anoche se celebró en New Orleans, el partido de las estrellas de la NBA, el ALL-STAR GAME. Mates, piruetas, saltos de todos los colores, pases por la espalda, alley-oops de todas las variedades, pases sin mirar, defensas con la mirada.... pero nada de baloncesto, o al menos como los puristas entienden esta droga-juego. Pero hace algo más de dos décadas, la edad dorada de la NBA, este era un acontecimiento que los que tenemos cierta edad lo considerábamos irrepetible, al ser la única oportunidad que teníamos de ver juntos en un solo partido a los más míticos: Magic, Bird, Jabbar, Isiah, Julius...

Este video que inaugura Tormenta eléctrica, se corresponde con la edición celebrada en Los Ángeles, Forum de Inglewood, en el año 1983. Una edición que pasó a la historia, pero no por el partido en sí (en el que el Ese ganó al Oeste 132-123), ni porque mi idolatrado Doctor J se llevó el trofeo al Jugador Más Valioso, con un serie de vuelos electrizantes. No camaradas, esta edición es recordada por la interpretación del Star Spangled Banner que en los prolegómenos del partido realizó el que probablemente haya sido el mejor cantante de todos los tiempos, Mr. Marvin Gaye, con el único acompañamiento de una caja de ritmos (calcada, por cierto a la de su éxito de aquella época, Sexual Healing). Decir que ésta fue la última interpretación de su vida, ya que dos meses después su padre, debido a un evidente estado de intoxicación etílica, le pegó un par de tiros en el pecho...